De vuelta a las canchas
Disculparán el suspenso, pero estas semanas el mundo real me ha tenido bastante ocupada tanto física como emocionalmente. Como se habrán enterado algunos, mi (ahora ex) novio se fue a estudiar a EE.UU. por dos larguísimos años (por eso el tono ligeramente melancólico de este nuevo post, prometo que el siguiente será más divertido).
Debido a que ninguno de los dos cree en las relaciones a larga distancia, al menos como las entiende la mayoría, hemos terminado. Esto, pese a que seguíamos sonriendo como idiotas cuando estábamos juntos. Pese a que el sexo después de tres años era incluso mejor que al comienzo. Pese a que lo he querido como a nadie. Pese a que mucha gente concentraba sus esperanzas en nosotros como evidencia de que sí es posible estar con alguien y ser feliz. Pese a que nuestros niveles de confianza y de comunicación llegaban a intensidades irreales. Pese a que ambos creíamos que podíamos estar juntos indefinidamente.
Pese a todo eso, decidimos cortar por lo sano porque coincidimos en que seguir juntos con 5,681 kilómetros de por medio sería mentirnos.
Mentir al decir que vamos a ser fieles (son dos años, más de lo que ninguno de los dos ha pasado sin intercambiar fluidos con alguien), pero más importante, mentirnos al decir que nos vamos a seguir queriendo. Excepto los budistas zen y los jedis, no he escuchado de nadie que esté en control absoluto de sus sentimientos (y así y todo miren cómo terminó el pobre Anakin), de modo que no podemos prometernos que dentro de dos años lo que sentimos se va a mantener intacto.
Con todo eso en mente, hemos cortado lo bonito que teníamos y lo hemos convertido en una amistad con proyecciones románticas a futuro. Nuestro destino depende de las siguientes condiciones: (a) que no sintamos por otras personas algo más fuerte de lo que sentimos uno por el otro, (b) que volvamos a vivir en la misma zona geográfica y horaria en un futuro no muy lejano, (c) que podamos soportar el reto de contarnos nuestras respectivas historias románticas y sexuales sin que duela.
La fórmula es la siguiente: si se dan los tres escenarios, volveremos a ser novios. Si se da solo el escenario (a) o el (b) podremos seguir siendo amigos, porque siempre lo hemos sido. El problema es (c). Hasta ahora no hemos tenido problemas con los celos (él carece casi patológicamente de ellos) y hemos encontrado que el mejor antídoto contra ellos es la honestidad absoluta, pero temo que las cosas puedan complicarse más adelante (es decir, temo complicarlas yo).
De lo único que estoy segura es de que estoy soltera. De vuelta a las canchas para poner en práctica mi método (según yo, infalible) para conquistar hombres hasta donde me provoque conquistarlos. De regreso para demostrar fehacientemente que el involuntariamente famoso fuck first sirve (casi) a la perfección. Para tener más oportunidades de burlarme de los hombres y de mí misma (y de que ustedes se rían conmigo).
Así que crearé una nueva sección en el blog donde llevaré una especie de diario sobre esta nueva batalla que voy a emprender con iguales dosis de miedo y curiosidad. Y, como siempre, la mala de esta película será la tristeza, a la que siempre le he ganado peleando cara a cara, pero que pueda haber desarrollado nuevas armas (biológicas, nucleares, de racimo) en estos tres años para las que yo no aún no sé si tengo defensas. Deséenme suerte.