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Las mujeres son malignas. Ejem. Somos malignas. Cada una de nosotras lleva dentro una semilla de maldad pura que, regada con la suficiente dosis de debilidad por una contraparte, puede convertirse en un espantoso arbusto repleto de espinas venenosas.

Yo me considero una buena persona. No porque sea inofensiva, sino porque soy consciente de mi maldad potencial y siempre estoy haciendo un control de daños para evitar que los que cohabitan mi vida salgan perdiendo.

Pero no soy infalible. Es más, a veces disfruto de sobremanera infligir algún sufrimiento cuando, salvadas todas mis precauciones y advertencias, una persona decide (inconscientemente, calculo) chocarse contra mi muro de los lamentos.

Eso me ha estado pasando últimamente. La novia de un amigo mío de mi lejana etapa universitaria se fue de viaje durante un tiempo a las europas. Como podían hacer prever mis (malas) costumbres con mis patas, un día nos descubrimos tirando como locos y preguntándonos qué chucha estábamos haciendo.

Hasta ahí, todo bien. Algunos podrán decir, qué mal, cómo le hace eso a una chica, pero la verdad (para mí) es que hasta ese momento no había nada que imputarme. Yo no tengo ningún compromiso de fidelidad con nadie, menos con esta chica, así que, en lo que a mí concierne, no estaba haciendo nada malo.

El que la estaba regando jodido era él, y no por tirar conmigo, sino por no ser lo suficientemente honesto con su chica como para haberle dicho que no iba aguantar esos meses de súbita separación sin sexo. Pero ese es su rollo, no el mío.

Más allá de las culpas, la maravillosa interacción sexual entre nosotros duró hasta pocos días antes del regreso de la susodicha y, apenas ella pisó suelo peruano, la cosa quedó en que somos patas y punto.

Nuevamente, hasta ahí, todo bien. Bueno, no tan bien, porque a diferencia de los amigos míos que me han visto calata, este chico cambió por completo su trato hacia mí. Es más, desapareció su trato por completo porque simplemente me borró de su mapa mental y, tirando por la borda varios años de amistad por varios tires, se evaporó.

Yo, sabia como soy, entendía que su desaparición obedecía a que alguna parte de él se había quedado pegado conmigo, como los perros después de copular, pero un poco más sutil. No es por echarme pana, pero si alguna seguridad tengo es que, salvo excepciones de química, soy una buena peleadora en esas lides.

Como había predicho, el muchacho en cuestión regresó de las penumbras casi en la lona. La seguridad y claridad que siempre lo habían hecho divertido como pata había desaparecido y me sirvió su estabilidad emocional en bandeja. Y eso, muchachos y muchachas, no se hace. Ese es el desencadenante de la fisión nuclear de mi Little Boy personal. Y no creo que nadie quiera ser mi Hiroshima.

En breve, empecé a agarrarle gusto a jugar con su mente. No crean que no lo quiero. Este chico es una de las personas a las que más cariño le tengo en el mundo, pero este es un ejemplo claro de que no importa cuánto amor haya en el medio, la debilidad atrae violencia. Así de simple.

Bueno, la cosa es que, sabiendo que su enganche conmigo era predominantemente sexual, me esforcé un poco más de la cuenta en provocarlo. Con la precisión de un desactivador de bombas, iba introduciendo sutilmente en nuestras conversaciones por el messenger imágenes que lo llevaban al tiempo en que compartíamos su cama y el sofá de su sala.

Luego, planteaba la evidente imposibilidad de que volviera a pasar algo entre nosotros y después forzaba con delicadeza la necesidad de definir lo que sentíamos el uno por el otro, cosa que conseguía una buscada pero eficiente inyección a mi ya rebosante ego con frases como “si lo nuestro fuera solo sexual, lo podría manejar, pero tú me haces reír y eres incluso más inteligente que yo y eso es algo inédito”. Me lo imaginaba dándose cabezazos contra la pared. Bingo.

He de reconocer que esta falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno estaba alimentada también por el resentimiento que me causó que me desapareciera súbitamente de su esquema de atenciones apenas su novia pasó por migraciones en el Jorge Chávez. Me explico. Yo, particularmente, no tengo problema en no ser nadie para alguien.

Muchas chicas necesitan que un pata les coloque una etiqueta en la frente de “novia”, “amiga cariñosa”, o lo que sea. Eso me tiene sin cuidado. Puedo tener sexo con un pata y al día siguiente no existir para él y tan tranquila. Pero en este caso, por primera vez, sentí que había sido etiquetada contra mi voluntad como “la otra”. Y prefiero no tener ningún lugar en la vida de un chico a ser eso.

Entonces, descubrí que “Ale, la otra”, es vengativa. Y cruel. E implacable. Y, felizmente, finita. Porque después de un tiempo de juego divertido, incluyendo una escena cercana al sexo por las desiertas calles de San Isidro a las 4 de la mañana en la que dejé al pobre en pindinga, la pica se evaporó.

Algún resquicio de responsabilidad social en mi mente entendió que seguir jugando a eso iba a llevar a que este chico complicara su relación con su novia, la cual, hasta donde tengo conocimiento, está de la puta madre (salvo que se muere por tirar con otra chica y no se lo dice, pero no todos pueden tener el tipo de relación que yo tengo con mi novio).Y bueno, “Ale, la otra”, es bien hija de puta pero tampoco es psicótica.

Y ahora todo está más calmado. He dejado de perturbar su mente y he decidido abrirme para que podamos volver a ser tan amigos como fuimos algún día. No sé si él lo quiera seguir siendo después de leer este post, pero es inteligente y calculo que sabrá apreciar mi sinceridad, que también implica reiterar que es una de las personas que más quiero en el mundo.

Dicho todo lo anterior, me gustaría dejar en claro que el resto de Ales son bastante responsables y sienten empatía por el sufrimiento ajeno. Con tal de que no alimenten ese ser maligno que también habita en mí (y en todos nosotros) nadie saldrá herido. Así que recuerden: si saben lo que es bueno para ustedes, nunca bajen la guardia.

Hoy rompemos un poco (solo un poco) la temática del blog y le dedicamos un post al increíble concierto de Metallica. Lo escribí como una colaboración para Odio la Música de @leggiere, pero ya me provocó colgarlo acá también.

No me puedo definir como fan de Metallica. La primera y única vez que escuché un disco completo de ellos de un envión fue a mediados de los noventa. Una casualidad me llevó a escuchar sentada en el cuarto rosado de mi amiga Carolina a los 13 años el …And Justice for All, cuando esperábamos el ritmo menos agresivo de The Black Album, especialmente de la lenta Unforgiven, que era la canción que nos gustaba. El metal quedó en una anécdota adolescente, y una etapa parando con los de M.A.S.A.C.R.E., hasta ayer.

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Anoche, decidí pasar el concierto como el mayor de los fans, como la persona que sería si ese día le hubiera dado siete vueltas seguidas al disco con la justicia ciega en la portada y me hubiera enamorado de James Hetfield y no de Eddie Vedder. Porque él no fue una de mis fantasías adolescentes, como Mike Patton o Chris Cornell, pero anoche veía su cuello como si hubiera estado en mi lista de deseos desde antes de que supiera realmente qué era el deseo.

Mi entrada era para la zona I, en la tribuna, pero una sonrisa y un puchero de desamparo con el 911 que custodiaba la delgada línea amarilla que dividía la Insípida zona I (en la tribuna) de la Maldita zona M, me consiguieron el cielo. “Estoy sola y todos mis amigos están abajo, por favor!!”.

Minutos después, y ya en la cancha, encontré en leggiere el perfecto compañero de concierto. 20 minutos antes de que empezara, estábamos solos en una situación expectante. Al centro de los dos ejes. Y decididos a meternos más. Quedamos en que avanzaríamos juntos tanto como pudiéramos, que si yo me quedaba atrás, significaba que ya no aguantaba los golpes o el cansancio, y quedamos en que no retrocediera para buscarme.

Incluir todo el set list en mi conteo del concierto me parece un poco deshonesto. Debo reconocer que todavía no me sé los títulos (ni las letras) de las canciones del Death Magnetic (aunque ya sé que me voy a pasar un par de semanas escuchándolo sin parar), pero puedo decir que en Fuel empecé a volverme loca gritando give me fuel, give me fire, give me that which I desire. Y a avanzar. En este momento todavía veía la cabeza de leggiere un poco más adelante que yo, pero el pogo empezó a tirarme para atrás y lo perdí.

Las tomas casi pornográficas de los dedos de James Hetfield, Kirk Hammett y Trujillo en la pantalla gigante me jalaban hacia adelante. Quiero ver los dedos. Quiero ver los dedos.

Desde ahí, todo fue hacia adelante. Sola en medio de los polos empapados o las espaldas y brazos resbalosos, ponía mis puños en posición de defensa para cubrirme la cara, porque mi cacharro tiene que salir en la tele ahora los fines de semana. Con los codos pegados a los costados (gracias clases de box) cuidaba mis órganos vitales y a medida que avanzaba encontré algunos bien o mal intencionados protectores que bloqueaban los codos dirigidos hacia mi nariz. Solo me metieron la mano una vez. Y tres recibieron golpe.

Seguí avanzando y en One me quedaban 30 metros para llegar al escenario. Todos cantábamos la línea de la segunda guitarra. Luego llegó la explosión con master, master!!! Se armaron dos ojos de pogo, uno a mi izquierda y el otro adelante a mi derecha. Los chicos no miraban caras y solo pateaban. Trataba de meterme entre dos chicos que no estuvieran pogueando en la delgada línea que separaba las dos violencias para evitar que me cayera alguna descarga. La energía en el pogo empezó a reducirse poco después y aproveché el espacio para avanzar 15 metros en un solo movimiento. Ya cansados, los chicos solo dejaban pasar a una chica que pasaba corriendo medio agachada entre ellos.

Nuevo respiro con Nothing Else Matters. Vi chicas todo el camino. Hasta que los pogos de Enter Sandman me dejaron entrar hasta estar a 5 metros del escenario, aunque un poco tirada para la derecha. Quería estar al centro, pero mi entrenado sentido de supervivencia no me deja cometer tantas imprudencias.

Y la locura nuevamente con Enter Sandman. Y la pausa. Y el ole ole ole Metallica, que me suena un poco argentino pero hasta que desarrollemos algún gritito local, sirve para calentar el estadio. Aquí sí todos estaban empapados de sudor, incluyéndome. Me va a dar una pulmonía al salir, pensaba. Y los gritos. Y el regreso. Y la gente pidiendo Seek & Destroy. Y James anunciando una canción con only three words. Y los gritos. Y el último pogo maldito, a cinco chicos del escenario. Los oídos me dolían, pero la adrenalina me seguía atrayendo hacia el escenario.

Y los dedos, finalmente. Los de Kirk a una velocidad mayor de la que yo pudiera siquiera aspirar a tener. Con la precisión que requiere esa música que calculo que algunos deben considerar simple pero que no me atrevería a intentar tocar. Los de James, fuertes, hermosos. Y los cuellos, a los que nunca les presté atención de chica, ahora me convertían en una adolescente que veía por primera vez a los cuatro jinetes y, en medio de los arpegios, pensaba en cabalgar.

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Y las despedidas. En el momento en que Kirk Hammett tiraba las uñas trataba de saltar lo más que podía para que me viera y me tirara una. Quisiera contar que agarré mi hermosa uña blanca con el baúl del Death Magnetic en el aire. No, la vi pasar y caer y empujé con ambos brazos, mirando al piso, hasta que la encontré. La cogí y la metí en un bolsillo con cierre de mi jean. Uno de los empujados me miró con rabia, pero al notar que era una chica (me olvidé de decir que me habían maquillado en el canal, así que estaba linda, aunque calculo que en ese momento tendría todo chorreado) me medio sonrió y me dijo, bieeeen! Y nos quedamos embobados mirando a James prometiendo que no iban a pasar décadas para venir otra vez a Lima, mientras yo sonreía porque tenía una prueba de que había estado ahí, adelante.

Y sobreviví. No tengo pulmonía, ni ha emergido ningún moretón hasta donde lo noto. Retrocedí un poco y me encontré con leggiere, que salía de estar al centro, adelante. Donde todos queríamos estar. Y solo quedó abrazarnos. Y felicitarnos por haber logrado estar ahí, pese a que no somos los más altos, ni los más fuertes. Aunque sé que siempre me odiará con cariño porque tengo una uña, y él no. Y ahora puedo decir que soy fan de Metallica, 14 años después.

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Mis patas me miman

No he escrito hace un montón de tiempo porque he estado siendo una bad bad girl. Me explico. En estas últimas semanas he roto casi todas las posibles reglas que existen respecto a cómo una chica debe relacionarse con los hombres. Y me he divertido como un chancho. No voy a especificar qué hice (o mejor dicho, con quién, porque el qué se lo imaginan, espero), porque no quiero comprometer a terceros en mi absurda costumbre de contar mis cosas, pero he de decir que mi objetivo para el resto de 2009 y el 2010 de empezar a desarrollar relaciones heterosociales saludables (inspirada en una buena columna de Esther Vargas sobre la adicción al sexo) se ha ido un poco al cacho.

Pensando un poco en por qué hay muy pocos hombres con los que hasta ahora he sido solo amiga en todo el sentido de la palabra (sin tensión sexual y, especialmente, sin sexo), me doy cuenta de que para que un chico llegue a ser mi pata debe reunir casi todos los requisitos que exijo de mis novios (pero no todos, porque si no estaría con ellos) y que, por default, son mucho más numerosos que los que demando en una pareja sexual ocasional.

Y bueno, como tengo órganos sexuales femeninos y no tengo barba, ya cumplo todos los requisitos que ellos exigen de una chica para tirar. Por eso es que es casi natural (aunque sé que para la sociedad merece la lapidación y/o la hoguera) que mis amigos terminen en mi cama (o que yo termine en sus camas, más bien, dado que últimamente no me provoca compartir mis sábanas con nadie).

(Para los que me conocen y están tratando de hacer números, les diré que todavía hay amigos míos que no me han visto calata. Aunque, dado que he estado arrasando con gran parte de ellos, no sé si eso dure por mucho tiempo. Ustedes, que saben quiénes son, cuídense).

Tratando de hacer algo de historia, recuerdo que la primera vez que le saqué la vuelta a un novio fue con un chico que yo consideraba mi mejor amigo. Siendo sincera, en esos primeros ciclos en la universidad todos los chicos eran mis mejores amigos, dado que había estudiado en colegio de mujeres y que la femenidad no era mi característica más saltante. Por eso me sorprendió que un día termináramos una tranca al frente de la PUCP besándonos en la puerta de mi casa.

Ahí aprendí dos lecciones: a) que eso de que los chicos son solo tus amigos y jamás te van a tocar por nada del mundo porque para ellos eres un pata, es bullshit, y b) que un chico nunca te acompaña a tu casa (especialmente si estás en San Miguel, tú vives en Surco y él, en el Callao) sin secretamente desear obtener algo a cambio.

Después de superada esa etapa, me hice muchos amigos en el grupo de patas de un siguiente novio mío. Ese grupo sí quedó inmaculado de mi paso porque, por alguna razón, yo para ellos sí era un pata, al menos en términos concretos, y para mí ellos siempre serán una mezcla extraña entre el hermano menor de tu novio y tu hermano mayor. Y el incesto todavía no es una cosa que me dé curiosidad.

A partir de ahí, mis amigos los he ganado con el sudor de mi frente, así que cumplen los requisitos que planteaba al comienzo. Uno de mis primeros patas míos de mí, me resultó culposamente atractivo durante varios años. Había algo en su pavez que me distraía cuando me contaba sus pastruladas. Y calculo que él también me tenía hambre. Sin embargo, nuestros consecutivos compromisos (o yo estaba con novio o él con novia) hicieron que la interacción nunca pasara de demorarnos un segundo más de lo necesario para despedirnos cuando me dejaba en mi casa.

Pasaron los años y se fue a vivir al extranjero. En una de mis vacaciones, decidí viajar a su ciudad a encontrarme con un chico brasileño que era más que perfecto (10 segundos de silencio por lo que en mi vida fue esa maravilla de hombre: dos metros de alto y todo absolutamente proporcional).










(Listo) Luego de mis increíbles cinco días con el brachico, tenía todavía una semana en la ciudad, así que me quedé en la cama adicional que tenía mi pata en su depa. Como suele suceder en estas circunstancias, unas cuantas horas de consumo ininterrumpido de cerveza sirvieron como catalizador para que, a diferencia de los anteriores días, no conversáramos hasta quedarnos dormidos, sino que en un momento saltara a mi cama y empezáramos a chapar.

Para mi decepción, al contrario de lo que se espera que hagan algunos años de tensión sexual, el chape fue lo más cercano al incesto (sin la carga de prohibido) que he vivido. Al parecer fue mutuo, porque al poco rato se regresó a su cama y nos hicimos los dormidos hasta que efectivamente nos quedamos jatos. Unos días después lo volvimos a intentar y nada. Superada la tensión, somos patazas hasta ahora y lo mostro es que nos podemos contar las guarradas más detalladas y, al menos yo, no siento cosquillas.

Esa, y otras dizque saludables relaciones chico-chica me hicieron pensar que estaba empezando a madurar y que, efectivamente podía ser pata de alguien sin que el sexo juegue un papel en la interacción.

Pero, nada. El acelerado aumento en mis estadísticas sexuales comprueban que las cosas no han cambiado mucho, porque todos los que han pasado por caja en estos más de tres meses de soltería han sido de mi círculo más o menos cercano. Lo bueno es que todos son lo máximo y que, pese a que saben qué cara pongo cuando tengo un orgasmo, me siguen tratando exactamente igual que antes de saber que no soy rubia natural (ni pintada, valga la aclaración para los que no me conocen). Lo cual me hace pensar que de repente desarrollar relaciones heterosociales saludables no pasa por no tener sexo por ningún motivo o circunstancia con tus amigos, sino poder seguir siendo patas después de saber qué cosas les gusta hacer en la cama. Y eso hace todo más divertido. Al menos para mí.

Uno de los primeros retos que debe afrontar una chica de cascos ligeros al regresar a la soltería es conseguir un saludable y relativamente constante abastecimiento de sexo. Las formas de asegurarse ese suministro van desde aplicar las técnicas de seducción femenina para levantarse desconocidos cada fin de semana, conseguirse un nuevo novio o, la que me parece más sencilla, encontrar a un eficiente espécimen del género masculino (o del de su preferencia) que se convierta en su fuck buddy.

El primer escenario es poco sostenible porque, indefectiblemente, los muchachos elegibles se van a acabar (especialmente en una ciudad como la nuestra) y nos veremos obligadas a reducir nuestros estándares para mantener el suministro, y eso no se lo deseo a nadie. La segunda posibilidad es más nefasta porque el primer mandamiento de las relaciones es que nunca se debe buscar tener una y, mucho menos, solo para satisfacer la calentura natural de la primavera.

A los que no estén familiarizados con la tercera opción (porque están con el mismo chico (a) desde que tienen 15 o acaban de salir de un refugio nuclear) les explicaré que un fuck buddy es un chico (a) con el que te llevas razonablemente bien, por el que sientes (en el mejor de los casos) amistad y con el cual puedes tener sexo cuando te provoque. Pese a que suena como la panacea, la verdad es que conseguir un chico dispuesto a cumplir este rol en nuestra bella y colonial Lima es un poco complicado.

Yo, por ejemplo, tenté con un amigo mío al que le tenía curiosidad hace tiempo y que, al parecer, cumplía lo que yo creía eran los requisitos para convertirse en mi amigo para tirar (traducción del autor). Después de una primera noche de sexo no del todo satisfactorio pero bastante prometedor y una mañana pajísima de compañía y conchitas a la parmesana, puse un check en la lista de las cosas que tenía que hacer a mi regreso a las canchas y escribí su nombre en el recuadro de fuck buddy.

Pues, bueno, unos días después, y habiendo dejado en claro ambos que lo que podía pasar entre nosotros se limitaba a los cuatro ángulos de su cama (y, si la situación lo ameritaba, a otros espacios de su casa), busqué repetir la interacción un par de veces pero comprobé que faltaba a uno de los requisitos que ahora he identificado como indispensable del amigo para tirar: estar disponible.

Pese a que eso en sí mismo no es un problema insalvable, me di cuenta de una cosa que evidenciaba aún más que este chico no podía ocupar ese puesto en el organigrama de mi vida personal: a mí me molestaba que no estuviera disponible para mí cuando me provocaba.

Pese a que lo sigo adorando, el chico ha regresado a la categoría de muy buen amigo y su nombre ha sido borrado de mi formulario. Por eso, he decidido hacer una convocatoria abierta para tratar de encontrar a quien pueda proveerme del necesario intercambio y desfogue de energías en la medida en que no encuentre mejores perspectivas en mis noches limeñas, sin rollos de por medio.

Para evitar confusiones, listaré los 10 requisitos que debe cumplir el sex buddy ideal. Espero que el detalle ayude a las chicas que están en mi misma situación a distinguir un tire de una noche de un potencial amigo para tirar y de un amigo a secas (que son tres mundos distintos). Pero también deseo que los chicos (y las chicas, que a veces son las que más se confunden) entiendan qué se espera de ellos en estas situaciones y, llegado el momento, no la rieguen con fuerza. A mí, lamentablemente, escribirla me ha hecho darme cuenta de que nadie que conozco encaja, a primera vista, en el perfil. Cruzo mis dedos y espero sorprenderme.

Decálogo del fuck buddy

  1. Cumplidor. De nada serviría un amigo para tirar que no sepa cómo hacerlo. Para ganar todos los puntos en este rubro de calificación se requieren algunas dimensiones físicas básicas, que, en todo caso, pueden ser compensadas por una gran vocación de servicio. Si hay tamaño y cortesía, pues mucho mejor.
  2. Amable. El muchacho debe entender que también sale ganando de la interacción así que, ante todo, está obligado a ser buena gente con su contraparte. Responder el teléfono con gracia y reunirse con alegría. No todos los chicos tienen una chica dispuesta a tener sexo con ellos sin pedir nada a cambio (y me refiero a amor, no plata), así que agradezcan. Si puede haber un abrazo post orgasmo, mil puntos adicionales para ustedes. Una buena conversación en la mañana tampoco le hace daño a nadie.
  3. Disponible. A menos que la otra parte te llame todos los días y esto empiece a chocar con tu desempeño laboral, debes hacer un esfuerzo para responder con altura a todos los booty call. A cambio, el otro debe entender si tú tienes algo que hacer. Sin embargo, dar excusas sonsas lo único que va a hacer es que regresen a ser amigos sin beneficios. Para los chicos: si te llama una chica con la que has tirado una vez, nunca olvides que tienes la posibilidad de convertirte en su tire fijo, así que no la evadas pensando que se está templando de ti. Pulsea la situación y actúa solo si hay evidencia de que es relajada.
  4. Mesurado. Sí, es complicado ver tanto a una persona calata y no pensar en estupideces como que te estás enamorando o algo así. El verdadero fuck buddy entiende que la atracción que siente (más allá de la sexual) es solo una reacción irracional al hecho de que la otra parte no quiere nada más que sexo con él. No sé si sea necesario decirlo, pero mencionar palabras que empiecen con “am” y terminen en “o”, están prohibidas.
  5. Caleta. La tentación de aprovechar ese minuto de silencio en la chupeta con tus patas después de la pichanga para decir “No saben a quién me estoy tirando!”, es fuerte, pero debe ser dominada. Parte del acuerdo de la amistad con todos los beneficios es que, a la vista del mundo, debe mantenerse como tal, una amistad.
  6. Nocturno. Con esta persona no vas a ir al cine, ni al teatro, ni a cenar a ese sitio que tanto te gusta ni la puedes llamar a preguntarle “¿cómo está tu día?” (puaj). Puedes ir al telo, a tomar unas chelas a un sitio caleta, a tu casa, a su casa, a comer algo de madrugada, máximo un almuerzo de domingo si la amistad preexistente al contrato de satisfacción sexual mutua lo amerita. La hora ideal para el booty call: las 2:00 a.m.
  7. Medianamente sobrio. Debido a las horas en las que la interacción entre los amigos con derecho a frote se suele dar, es importante que el sex buddy no se emborrache a niveles que le impidan tener un, al menos, adecuado desempeño sexual. Si los influjos del alcohol, cigarros o el trabajo le impiden dar la talla, puede asumir actitud de servicio o abrazar cariñosamente a su compañera. Ni se te ocurra decir “No sé qué pasa, es la primera vez que sucede”. Todas las chicas (hasta las más monses) sabemos que eso no es verdad.
  8. Educado. A la hora en que alguno de los dos decida retirarse del escenario del crimen, no vale irse sin despedirse. Lo ideal, para mi gusto, es decir adiós con un beso en el cachete (este punto lo trataremos más ampliamente en el próximo Manual de Carreño Postcoital). Si hay mucha confianza, puede ser un pico, pero es preferible que, fuera del acto sexual propiamente dicho, las interacciones se manejen a niveles absolutamente amicales.
  9. Cauto. Como todas las consideraciones anteriores, esta se aplica a los dos. Hay que monitorear si la otra persona empieza a confundir sexo con amor (pecado más común de lo que quisiéramos los que abogamos por la felicidad) y, si eso pasa, empezar a bajar la velocidad paulatinamente o frenarla intempestivamente, pero siempre diciendo cuál es el problema. “Creo que esto se está saliendo de nuestras manos”, suele ser un buen punto de partida. Pero más importante es, ahora lo veo, estar pendiente de lo que uno va sintiendo y tomar las precauciones del caso.
  10. Honesto (especialmente con él mismo). Y acá está lo principal. Hay gente que establece interacciones que guardan todas las características de una amistad con accesos genitales privilegiados pero nunca se lo comunican a su contraparte. Esta situación puede tener consecuencias devastadoras como que una de las partes se enamore mientras que la otra, se mantiene tan fresca. Como la idea no es hacerle daño a nadie, la sinceridad debe primar, así suene dura. “No estoy listo para una relación, pero podemos seguir teniendo sexo, si te parece”, puede evitar grandes problemas, como llamadas en medio del llanto, llanto en medio del sexo (lo peor), odios exacerbados posteriores… Ustedes entienden.

Y bueno, eso es. Los interesados pueden buscarme en los points nocturnos de mi preferencia y tratar de seducirme. Si atraco, y les sigo hablando en la mañana, tienen un chance. Los que no cumplan los requisitos (especialmente el número 1, porque el resto pueden aprenderse con mi sabio entrenamiento), abstenerse.

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Disculparán el suspenso, pero estas semanas el mundo real me ha tenido bastante ocupada tanto física como emocionalmente. Como se habrán enterado algunos, mi (ahora ex) novio se fue a estudiar a EE.UU. por dos larguísimos años (por eso el tono ligeramente melancólico de este nuevo post, prometo que el siguiente será más divertido).

Debido a que ninguno de los dos cree en las relaciones a larga distancia, al menos como las entiende la mayoría, hemos terminado. Esto, pese a que seguíamos sonriendo como idiotas cuando estábamos juntos. Pese a que el sexo después de tres años era incluso mejor que al comienzo. Pese a que lo he querido como a nadie. Pese a que mucha gente concentraba sus esperanzas en nosotros como evidencia de que sí es posible estar con alguien y ser feliz. Pese a que nuestros niveles de confianza y de comunicación llegaban a intensidades irreales. Pese a que ambos creíamos que podíamos estar juntos indefinidamente.

Pese a todo eso, decidimos cortar por lo sano porque coincidimos en que seguir juntos con 5,681 kilómetros de por medio sería mentirnos.

Mentir al decir que vamos a ser fieles (son dos años, más de lo que ninguno de los dos ha pasado sin intercambiar fluidos con alguien), pero más importante, mentirnos al decir que nos vamos a seguir queriendo. Excepto los budistas zen y los jedis, no he escuchado de nadie que esté en control absoluto de sus sentimientos (y así y todo miren cómo terminó el pobre Anakin), de modo que no podemos prometernos que dentro de dos años lo que sentimos se va a mantener intacto.

Con todo eso en mente, hemos cortado lo bonito que teníamos y lo hemos convertido en una amistad con proyecciones románticas a futuro. Nuestro destino depende de las siguientes condiciones: (a) que no sintamos por otras personas algo más fuerte de lo que sentimos uno por el otro, (b) que volvamos a vivir en la misma zona geográfica y horaria en un futuro no muy lejano, (c) que podamos soportar el reto de contarnos nuestras respectivas historias románticas y sexuales sin que duela.

La fórmula es la siguiente: si se dan los tres escenarios, volveremos a ser novios. Si se da solo el escenario (a) o el (b) podremos seguir siendo amigos, porque siempre lo hemos sido. El problema es (c). Hasta ahora no hemos tenido problemas con los celos (él carece casi patológicamente de ellos) y hemos encontrado que el mejor antídoto contra ellos es la honestidad absoluta, pero temo que las cosas puedan complicarse más adelante (es decir, temo complicarlas yo).

De lo único que estoy segura es de que estoy soltera. De vuelta a las canchas para poner en práctica mi método (según yo, infalible) para conquistar hombres hasta donde me provoque conquistarlos. De regreso para demostrar fehacientemente que el involuntariamente famoso fuck first sirve (casi) a la perfección. Para tener más oportunidades de burlarme de los hombres y de mí misma (y de que ustedes se rían conmigo).

Así que crearé una nueva sección en el blog donde llevaré una especie de diario sobre esta nueva batalla que voy a emprender con iguales dosis de miedo y curiosidad. Y, como siempre, la mala de esta película será la tristeza, a la que siempre le he ganado peleando cara a cara, pero que pueda haber desarrollado nuevas armas (biológicas, nucleares, de racimo) en estos tres años para las que yo no aún no sé si tengo defensas. Deséenme suerte.

Hoy hablaremos del método fuck first, una forma práctica y económica de ahorrar tiempo y energía emocional. Tomando en cuenta que buena parte de los hombres solo piensan en sexo, el fuck first se revela como el sistema más efectivo en su categoría para descartar en tiempo récord a esos muchachos que tienen más actividad cerebral debajo del vello púbico que sobre sus hombros.

Durante siglos, las mujeres han hecho que los hombres esperen todo el tiempo posible antes de tener sexo con ellos, con el objetivo de ver si verdaderamente están interesadas en ellas. Sin embargo, este método ha probado ser totalmente ineficaz porque, en la gran mayoría de casos, si los muchachos no están pensando en algo serio, huirán apenas obtengan acceso a ciertos privilegios amatorios, sin importar el tiempo pasado.

En cambio, el fuck first, es la manera mas rápida de descartar a los chicos que simulan buscar amor pero lo único que quieren es ardor. Nada de pajaritos pintados en el aire. El fin de las mentiras y declaraciones inútiles y falsas de amor eterno. Cero abrazos, besos y caricias falsamente melosos. El fuck first añade a la interacción un componente sexual que hace que, irremediablemente, la naturaleza de la relación entre dos personas se revele en su real dimensión y las intenciones de ambas partes queden prístinamente expuestas.

El método sirve en diferentes escenarios. El chico es simpático, agradable, pero no tiene idea de dónde está el clítoris, el fuck first te salva de perder tiempo con el muchacho o asumir desde el comienzo una actitud pedagógica (si hay algo más en él que valga la pena). El muchacho en cuestión es un patán que solo colecciona chicas como cabezas de venados en su sala, el fuck first le dará exactamente lo que quiere y no te molestará más. También te ayudará a identificar a los pacatos que están buscando lo que en este país se conoce como “una chica respetable” (véase la definición en el Diccionario de la Real Academia de la Pacatería Limeña: 1. Mujer que sabe conservar las apariencias o no tiene idea de lo que es un orgasmo. 2. Chica que se puede llevar a las casas los padres. 3. Mujer que, pese a las ganas del chico en cuestión y, sobretodo, las suyas, considera que es mejor postergar ad infinitum que alguien la vea calata ) y, esquizofrenicamente, descartan a cualquier mujer que ose satisfacer sus necesidades sexuales.

El fuck first es sencillo. Si el muchacho quiere tener sexo y a ti te provoca, tiran. No importa si es la primera cita, si lo conoces hace miles de años, si te deslumbró en la combi. Si te gusta la performance, punto para Perú y pasamos al siguiente paso. Si te vuelve a buscar para hacer otra cosa, además de revolcarse en el heno, puedes darle una oportunidad al muchacho pues se descarta que sea miembro de algunos de los abominables clubs antes descritos. Si te llama solo para actividades en horizontal, y a ti te gusta solo para eso, ya tienes un fuck buddy, con todos los beneficios que ello implica.

Advertencia: No sé si es necesario aclarar que la idea es aplicar el método del fuck first solo con los chicos que nos gustan y/o con los que nos gustaría que pase algo. Además, siempre se debe acompañar el fuck first con los métodos anticonceptivos y el de barrera de su preferencia.

Como cualquier sistema, el fuck first no es infalible. Se han reportado casos en los que los chicos, pese a que solo buscan sexo, encuentran tan agradable el intercambio que, para seguir teniéndolo, empiezan a aplicar precisamente las técnicas que estamos tratando de evitar:  sienten que tienen la obligación de decir “te amo” sin sentirlo, e, incluso, en los casos más extremos, buscan que la chica se convierta en su pareja oficial.

Este escenario puede ser incluso más negativo que el que se suele prevenir con el furck first. Aunque aún no se han hecho estudios para señalar con precisión la estrategia a aplicar en estos casos, todo indica que decir, poco después del primer encuentro sexual, la frase “por si acaso, esto solo es sexo y no estoy buscando absolutamente nada más ni contigo ni con nadie” puede resultar efectiva, aunque, como ya dijimos, no hay evidencia concluyente al respecto.

Entre los posibles efectos secundarios del fuck first están el templarse por el maravilloso desempeño de la contraparte, posible contagio de una ETS, rechazo social. Todos ellos se solucionan con higiene física y mental.

Encuentro que hay dos tipos de depresión: una mala y una buena. La primera es la que todos conocemos. Almohadas mojadas de llanto, falta de sueño, desgano absoluto. La segunda es exactamente igual, pero tiene un lado amable, un efecto físico positivo que hace que la tristeza sea más llevadera y que nos facilita el levantarnos en la mañana (y el levantar en la noche).

Por alguna razón evolutiva, las mujeres deprimidas nos ponemos lindas. Basta que alguien nos rompa el corazón para que nuestro metabolismo se haga de la vista gorda y permita que desaparezcan los rollos, se nos ilumine el rostro, nos brille el pelo, en fin.

Calculo que debe ser una resaca de nuestras antepasadas cavernícolas, que al ser abandonadas por una mujer más fértil o quedar viudas porque un felino se comió a su marido, tenían poco tiempo para atraer a un nuevo macho que salga a cazar un venado para alimentarlas y les permitiera sobrevivir.

Ahora que podemos comprar un pedazo de carne en el supermercado de la esquina y proveernos de proteínas por nuestra propia mano, podemos hacer uso y abuso de esta ventaja para sacarle pica al susodicho o para aplicar el siempre útil precepto de “un clavo saca a otro clavo”.

Yo estoy rogando que la depre que se me viene encima dentro de dos meses sea del segundo tipo. Se preguntarán cómo conozco el plazo con tanta exactitud. No es que tenga poderes premonitorios y vaya a crear una sección de horóscopo en este blog, sino que mi chico se va a ir a estudiar a EE.UU. a finales de agosto (ahora que lo pienso, me quedan menos de dos meses, ¡uh!).

Por eso, a la espera de que me bendiga con su luz el síndrome de la mujer esbelta y hermosa que sabe ocultar que ha llorado toda la noche, se concentra en su trabajo para sobrevivir y sale todas las noches a pescar, tengo el síndrome de la bruja condenada a la hoguera que debe esperar meses encerrada en un calabozo a que se cumpla su condena.

Al estado este se agrega que he decidido compartir mi celda durante esos meses de espera precisamente con mi verdugo, el que va a prender fuego a la hoguera, el que va a cortar mi cabeza, el que va a empujar la sillita de la horca (siguen métodos de ejecución).

Si me preguntan, preferiría que la condena se ejecute con celeridad extrema: terminar de una vez y adelantar el bendito proceso aunque el avión no haya partido. Sin embargo, sé que después, en el cielo de la delgadez, el éxito profesional y la variada actividad sexual, me voy a arrepentir de no haberme despedido como corresponde de este muchacho que, valga decir, ha hecho méritos para que lo extrañe.

Así que, en esas estoy. Esperando el golpe y, desde ya, explorando el mercado, para cuando tenga que volver a salir a las calles a conseguir la necesaria actividad con el sudor de mis abdominales y caderas en el gimnasio. Les iré contando cómo me va. Eso sí, si ven algún churro por ahí, me avisan (que yo aún no los encuentro).

Hasta las derrotas son victorias

Por lo general, los exs son blancos de nuestras más crueles maldiciones, odios e indiferencias. Yo casi no hablo con los míos, pero cuando pienso en ellos, me provoca abrazarlos a todos.

Tengo amigas (mejor dicho, ex amigas) que siguen culpando de todos sus problemas y de su baja autoestima (razón de todos sus problemas, precisamente) a un ex que terminó con ellas en el siglo pasado. Consideran que el que las hayan dejado (por otras, por lo general) automáticamente las convierte en mujeres sin ningún valor, como si un paparulo equis tuviera el poder de definir quién es una.

Yo, por mi parte, no les tengo resentimiento, sino que les estoy eternamente agradecida. Creo que haberme enamorado de los chicos inadecuados a una temprana edad es como cuando te da la varicela de niña: te evitas sufrimientos más graves después.

A manera de ‘remember’ (sin el sexo de por medio), armaré una pequeña tipología cronológica para que vean en manos de qué clase de chicos nunca volverá a caer este corazoncito (y espero que el de ninguna mujer que lea este blog).

  1. El hombre que nunca se quiso. Fue mi primer novio y mi primer beso. A él le debo el descubrimiento de un vasto arsenal de actividades amatorias preparatorias, que incluyen el bondage y el uso de alimentos varios. También fue la primera vez (y la segunda y la tercera) que le saqué la vuelta a alguien. La primera vez se lo dije y me perdonó después de un mes de flagelación emocional recíproca. Las demás no se las conté, para evitar problemas.
    • Qué aprendí: Que no se puede estar con un chico que te quiere más de lo que se quiere a sí mismo (o que cree hacerlo) porque al final terminas haciéndole daño.
    • Cómo terminó: Después de la tercera sacada de vuelta, decidí terminar con él y me despedí con un cruel beso en la boca. Años después me enteré que hizo una ceremonia en un parque para enterrar todas las cosas que yo le había regalado y exorcizarme de su vida. Me pasé los dos años siguientes mirando a los dos lados de la calle al salir de mi casa.
  2. El celoso abusivo. Mi segundo novio no era ni gracioso, ni guapo, ni inteligente, ni amable, ni nada. Tenía 17 años y con él tuve sexo por primera vez, así que me dio un síndrome común entre las chicas de colegio de monjas: pensar que él era (o tenía que lograr que fuera) el hombre de mi vida. Durante dos años, no le presté atención a ‘insignificantes’ detalles como que no me dejara hablar con hombres (nótese el “no me dejara”), que parametrara mis tiempos y mis horarios para saber dónde estaba en todo momento, que lo hubieran botado de la universidad por una trica, que le mintiera a sus padres para utilizar la plata de la boleta de la universidad para comprar yerba y fumara todo el día, que yo nunca sintiera nada cuando teníamos sexo y otras bestialidades similares.
    • Lo que aprendí: que si a un chico le metes una cachetada y te la devuelve al siguiente día más fuerte no es la voz seguir con él ni sentirse culpable ni pensar que lo puedes cambiar.
    • Cómo terminó: Gracias al señor, se fue a Alemania para ser au pair (niñero) y terminó conmigo por msn antes de que yo dejara mis estudios de periodismo en la Católica para irme con él.
  3. El demasiado dispuesto a comprometerse. Mi tercer novio fue el único chico que pudo atravesar la agresiva coraza que me puse luego de terminar con el anterior. Para más detalles de mi estado de shock post traumático diré que me corté el pelo casi a coco y dejé de hablar con la gente. Estuvimos juntos tres años hasta que empecé a dejar de dormir porque sentía que iba a cerrar los ojos, los iba a abrir cuando tuviera 40 años y yo iba a estar en el mismo lugar, con él al lado. En la misma posición. Y la idea no me agradaba.
    • Qué aprendí: que a veces lo que uno cree que desea (un chico bueno que nos quiera) no es lo que uno necesita.
    • Cómo terminó: Años después llegó a trabajar a mi oficina el chico más perturbador que había conocido. Pasé varios meses deseándolo de lejos, así que, con la lección del primer novio, decidí terminar y quedarme con las manos y la conciencia limpia.
  4. El pendejo encantador. Finalmente, el chico por el que no estaba tranquila en el trabajo dejó de ser un gusto platónico y una noche terminamos durmiendo juntos. Yo pensé que el tema iba a terminar ahí, pero no, empezamos a salir y, sorprendentemente, en un momento decidimos ser novios. A mí él me gustaba demasiado. Tanto que no tenía un segundo de paz. Desde el primer momento que me besó, sonrió de costado e hizo que me temblaran las piernas, supe que de esa relación no iba a salir caminando. No creo que haya tenido poderes de prestidigitadora sino que más bien ese fue uno de esos pronósticos autoconfirmados, pues empecé a hacer todo lo posible para que la relación terminara y yo saliera perdiendo. Lo llamaba todo el día, le repetía que sabía que la relación no iba a durar mucho, le reclamaba más atención.
    • Qué aprendí: Que la propia inseguridad es nuestro propio enemigo y que no es la voz enamorarse de una manera irracional.
    • Cómo terminó: un buen día lo enfrenté y le hice una pregunta sabiendo la respuesta. El me respondió, después de cinco meses de intensa relación, que no, no estaba enamorado de mí.
  5. El romántico depre. Después de una buena (realmente buena) temporada sola, conocí a mi último ex (por el momento). El enganche fue instantáneo, nos mudamos juntos al mes de conocernos y creo que ambos pensamos que duraría para siempre. Nueve meses después, cada uno dormía a su lado de la cama y se había perdido la naturalidad del comienzo. Empecé a sentirme mal porque lo sentía triste y perdí el control. Luego me di cuenta que él estaba triste porque así quería estar.
    • Qué aprendí: que la convivencia no es nada sencilla y más bien enfría las relaciones (ya me explayaré sobre esto).
    • Cómo terminó: Un día almorzamos y me dijo que el único momento de felicidad que tenía en la semana era cuando iba con sus amigos a jugar fútbol.

No han sido tantas batallas, pero en todas perdí alguna pierna o algún brazo, que de ahí volvieron a crecer. Por eso creo que los sigo queriendo a todos (bueno, quitando al número 2), por haberme demostrado que se necesita más que un chico para dejarme paraplégica emocionalmente.

Este es mi cuarto intento de tener un blog. No sé si soy yo o es el formato o es el tiempo o es simplemente que las matemáticas han invadido mi vida de formas inesperadas, pero hasta ahora se ha cumplido perfectamente una progresión maligna que ha hecho que el número de posts que logro escribir en mi blog responda a la siguiente fórmula:

p = n + 1

En el que:

p: número de posts que dura el blog.

n: número de blogs que he tenido.

Cualquiera que haya salido del colegio (y que no haya tenido un accidente automovilístico que le borró la memoria después), podrá concluir que mi tercer blog duró cuatro posts. Ese fue el primero que tengo la certeza de que alguien más leyó (los otros eran una especie de desahogo online) y la historia es algo que prefiero dejar ahí no más.

Una de las posibilidades que barajaba era continuarlo, bajo el título de No me quiero casar, pero me puse a pensar que era un poco meter el dedo en la herida, arrancarse el pellejo, pasarse hojas bond por los espacios entre los dedos, ustedes entenderán.

Lo que sí, ese blog se cerró después del cuarto post, pero hubo uno abortado, un fetito que nunca vio la luz del día ni recibió palmada en el poto ni nada por circunstancias ajenas a la voluntad de su madre. Me parece un poco injusto con él, después de las nueve horas que pasó en mi cerebro, que se quede flotando eternamente en el limbo de los posts sin publicar. Así que lo pondré en la próxima entrada.

Los que quieran leer los cuatro posts que le precedieron, pueden buscarlos, por ahí están. No los incluiré acá ni volveré a hablar del blog anterior (solo iré actualizando mi currículum periódicamente), pero a este sí me provoca pasearlo con cochecito por la blogósfera.

Porque tan ofensivo, tan vulgar, no era.

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